martes, 16 de diciembre de 2008

LA CASA QUIETA

La casa se veía quieta, tranquila más que quieta, cualquiera al verla, hasta el más desconfiado de los hombres hubiera jurado que la casa estaba en paz. La ligustrina verde de esmeralda después de llover, el olor a tierra mojada levantándose, el cielo saliendo del gris para pasar al celeste, un perro lanudo de rulos enredados y negros iba corriendo desde la puerta de calle a la puerta de casa con un entusiasmo inusitado; las chapas en el techo dejaban caer rendidas las últimas gotas muertas de la lluvia y marcaban un surco en el suelo allí donde caían.
No había chimenea, no tejas que aislaran el frío o el calor, no rejas en las ventanas y al exterior, solo ligustrinas cada vez más brillantes, cada vez con más capacidad para cegar. La casa pintada de lila se veía como de cuento, pero no era un cuento. Adentro una historia macabra se desarrollaba con la misma tranquilidad aparente, de la mano de lo impune que tiene ese silencio familiar.
En la hoja que había sido blanca, era eso lo que el niño imaginaba pintar. En eso pensaba cuando sentado en su banco miraba su dibujo. La maestra vio una casa y su tranquilidad.

Jesús Navarro

1 comentario:

morizze dijo...

tipico de la maestra que felicita al nene con un muy bien diez, y por ahí el pibe se murio de miedo cuando hizo el dibujo, tratando de expresar la locura que vivencia en su hogar...

cuento cortito, que bueno!